Rostros del deber

El internacionalismo en el área de la salud ha sido uno de los pilares fundamentales sobre los que se ha erigido la Revolución cubana a lo largo de sus 57 años. Y es que casi no existe en nuestro país un hogar que no haya servido a la colaboración internacional. Las nuevas generaciones de cubanos hemos crecido con algunos de nuestros familiares en otros países, y hemos sido testigos del inmenso valor con que asumen esta tarea de hacer felices a los otros. Son incontables las historias que han surgido de cada misión internacionalista, y más, las que nos llegan desde el área de salud. Relatos de vida que muestran la intimidad de una época, relatos que cuentan la historia universal.

Rostros del deber.

por: Mónica Lezcano Lavandera

¿Dónde está el secreto? En el hecho real de que el capital humano puede más que el capital financiero. Capital humano implica no solo conocimientos, sino también —y muy esencialmente— conciencia, ética, solidaridad, sentimientos verdaderamente humanos, espíritu de sacrificio, heroísmo, y la capacidad de hacer mucho con muy poco.[1]

Fidel Castro Ruz

El internacionalismo en el área de la salud ha sido uno de los pilares fundamentales sobre los que se ha erigido la Revolución cubana a lo largo de sus 57 años. Y es que casi no existe en nuestro país un hogar que no haya servido a la colaboración internacional. Las nuevas generaciones de cubanos hemos crecido con algunos de nuestros familiares en otros países, y hemos sido testigos del inmenso valor con que asumen esta tarea de hacer felices a los otros.

Son incontables las historias que han surgido de cada misión internacionalista, y más, las que nos llegan desde el área de salud. Relatos de vida que muestran la intimidad de una época, relatos que cuentan la historia universal.

Los inicios de la colaboración médica internacional se remontan al 17 de octubre de 1962, cuando en el acto inaugural de la Facultad de Ciencias Básicas y Preclínicas Victoria de Girón, el Comandante en Jefe anunció al pueblo de Cuba la decisión del Gobierno Revolucionario de brindar ayuda médica internacional a Argelia. Esta idea surge de su entrevista con el entonces presidente de esa nación, Ahmed Ben Bella, cuando este último visitó La Habana y le explicó la dramática situación del pueblo argelino. En su discurso el comandante señaló:

La mayoría de los médicos de Argelia eran franceses y muchos han abandonado el país. Hay cuatro millones más de argelinos que de cubanos y el colonialismo les ha dejado muchas enfermedades, pero tienen solo un tercio —e incluso menos— de los médicos que nosotros tenemos. […] Por eso les dije a los estudiantes que necesitábamos 50 médicos como voluntarios para ir a Argelia.

Estoy seguro de que no faltarán voluntarios […] Hoy podemos enviar solo 50, pero dentro de 8 o 10 años, quién sabe cuántos, y estaremos ayudando a nuestros hermanos […] porque la Revolución tiene el derecho de recoger los frutos que ha sembrado. […][2]

En respuesta al llamado de Fidel, numerosos hombres y mujeres de distintas ramas de la medicina, presentaron la solicitud de forma voluntaria para prestar sus servicios en Argelia.

Ya conformado el grupo se hicieron los preparativos del viaje rápidamente. Todos tenían problemas que resolver, como el de garantizar la estabilidad de la familia, dejar la responsabilidad del trabajo a otros compañeros, posponer planes concebidos con gran interés, otros esperaban un hijo o los tenía pequeños y la pareja que decidió adelantar la boda para partir juntos convertidos en matrimonio.

Fue el jueves 23 de mayo de 1963, cuando comenzó oficialmente la Colaboración Médica Internacional Cubana, al partir 55 voluntarios para brindar sus servicios por un año en Argelia.[3] Liderada por el doctor Pablo Resik Habib, el 23 de julio de 1965, después de dos años y dos meses de intenso accionar en las tierras africanas regresó a su tierra esta primera brigada médica, con la satisfacción del deber cumplido.

De esta manera, se iniciaba el largo camino de la solidaridad internacional del sistema de salud pública cubano y su fundamento ético y profundamente humanista.

Los médicos, enfermeros y técnicos de la salud que integraron la brigada fueron espejo de una realidad que todavía persiste en nuestro país: la capacidad de comprometerse con la necesidad ajena hasta sentirla propia. Estos galenos, aun alejados de sus familias y dispersos en una geografía desconocida, protagonizaron una hazaña heroica, ya que fue la primera de su tipo llevada a cabo por los cubanos.

En las cuatro décadas posteriores, la región africana continuó siendo receptora de la ayuda médica cubana, tanto en territorios en guerra, como en tiempos de paz. Allí, hombres y mujeres cubanas, jóvenes en su mayor parte, asumieron también, junto a guerrilleros y combatientes, el compromiso de luchar por los pueblos oprimidos o mantener la libertad alcanzada después de siglos de colonialismo.

Siguiendo las palabras del Comandante en Jefe: «Quien no sea capaz de luchar por otros, tampoco lo será de luchar por sí mismo»;[4] son miles de compatriotas los que han prestado servicios médicos en otros lares. Durante más de medio siglo, el fundamento internacionalista de la Revolución cubana, junto al ímpetu y al coraje del «Ejército de Batas Blancas», ha servido de pretexto a la creación de disimiles historias, en las que los galenos dejan al descubierto sus más profundos sentimientos.

Y es que desde que se inició esta epopeya, ha sido el sentir humano de cada internacionalista el protagonista del accionar diario. Todos los médicos que sirvieron en el continente africano, tejieron un sinnúmero de anécdotas que quedaron bien grabadas en su mente.

Precisamente, en el empeño de hacer relucir esas historias que durante años permanecieron ocultas, el periodista Hedelberto López Blanch rescata en su libro Historias secretas de médicos cubanos, las experiencias de quince galenos que sirvieron en Argelia, Guinea Bissau, Congo Leopoldville, Congo Brazzaville y Angola; de ellos doce médicos guerrilleros y tres integrantes de aquella primera brigada internacionalista.

Sirva entonces este dossier para mostrar cinco de esas entrevistas, y con ellas, el inmenso reconocimiento a la labor que desempeñaron en otros países.

Entrevistas tomadas de:

López Blanch, Hedelberto: Historias secretas de médicos cubanos,Ediciones La Memoria, Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 2005.

El inicio del internacionalismo médico cubano

A lo largo de cuatro décadas, millones de personas de diferentes continentes se han beneficiado con la ayuda médica cubana.

Y esta lucha por la salud y la vida en otras partes del mundo tuvo la chispa inicial, el 23 de mayo de 1963, cuando salió desde Cuba hacia la recién liberada República de Argelia la primera brigada internacionalista cubana.

De sus 55 integrantes iniciales, que en total llegaron a 57 —contando a otros dos jefes de brigada que rotaron en esa etapa y a un médico que se les integró—, en el año 2004 solo quedaban vivos 22. El tiempo, que pasa implacablemente por nuestras vidas y no ofrece perdón a nadie, ya se había llevado a 26 de los primeros colaboradores.

Ante estas dificultades, me resultó muy agradable localizar al doctor Pablo Resik Habib, quien fungió como jefe de esa primera brigada médica, aunque se incorporó unos meses más tarde, en enero de 1964, a solicitud del entonces ministro de Salud, José Ramón Machado Ventura.

Resik, que nació en Santa Clara el 21 de octubre de 1930, trabajaba en el año 2004 como profesor consultante en la Escuela Nacional de Salud Pública Carlos J. Finlay.

Terminó la carrera de medicina en 1957, dos años antes del triunfo de la Revolución.

Como alumno labora como anestesiólogo en el Hospital de Emergencias y después en una clínica mutualista en la calle Lugareño. Tras graduarse estuvo como anestesiólogo en los hospitales Frank País, William Soler y la Liga contra la Ceguera. Desde el triunfo de la Revolución se incorporó a trabajar en la organización de la salud pública y cuando partió hacia Argelia era subdirector de Asistencia Médica de la provincia de La Habana.

A pesar del largo tiempo pasado, Resik mantiene muy claros sus recuerdos de aquella epopeya, los que narra con soltura y facilidad.

¿Cómo era la realidad de Cuba en aquellos momentos?

La situación de Cuba no era muy halagüeña, pues de los 6 000 médicos existentes antes de la Revolución, ya había emigrado la mitad, entre ellos muchos profesores de la única escuela de medicina. Se habían iniciado las agresiones militares, políticas y económicas de Estados Unidos contra Cuba y eran momentos difíciles. Pero la situación de Argelia era peor, pues tras zafarse las cadenas del colonialismo, se quedó prácticamente sin médicos. También había caído toda la economía que estaba regida por los colonialistas.

La decisión de Fidel y del gobierno fue genial, y demuestra la sensibilidad y la valentía política desde los inicios de la Revolución. Hoy, cuarenta años después, comprendo y valoro más estos principios.

¿Hubo presión para que los galenos se integraran a la brigada?

Aquella misión se estableció bajo el concepto de la voluntariedad. Se estructuró sobre esa base, pues nadie fue presionado ni obligado a participar, y desde entonces, en todas las misiones internacionalistas ese concepto ha primado. Muchos más de los que fuimos estaban dispuestos a cumplir con la tarea.

¿Qué conceptos primaron para conformar la brigada?

Se conformó sobre la base de las necesidades más urgentes planteadas por las autoridades argelinas. Fueron 54 compañeros: 42 hombres y 12 mujeres (posteriormente se integró uno más para hacer el cómputo de 55). Fueron 29 médicos de variadas especialidades; 14 enfermeros (8 hombres y 6 mujeres); 7 técnicos (RX, optometría, laboratorio, anestesia) y 4 estomatólogos.

¿Quién viajó al frente de la brigada?

La misión embarca hacia Argelia en un antiguo avión Britania el 23 de mayo de 1963. Al frente iba el doctor José Ramón Machado Ventura, entonces ministro de Salud Pública y el doctor Gerald Simon, quien era viceministro de ese organismo. Después de ubicar a los internacionalistas, Machado regresa y Simon se queda al frente para acabar de asentar a la misión. Más tarde fue sustituido por el doctor Mario Escalona, ya fallecido, quien se mantuvo al frente del grupo hasta enero de 1964 cuando yo viajo a Argelia, en avión, vía Gander, y me hago cargo del destacamento. Esa primera misión regresa a mediados de 1964 y yo me quedo hasta agosto para ubicar a la segunda delegación.

¿Cómo se entera usted que va de jefe de la brigada médica?

Un día Machado Ventura me ve en el Ministerio y me dice: «Oye, ven acá, tú eres árabe, y podrías ir a Argelia a sustituir a Mario Escalona. Dime si estás dispuesto y si es así prepárate para salir lo antes posible». Le dije que sí y al poco tiempo partí para Argelia.

¿Dónde fueron ubicados los internacionalistas?

Fueron destinados a los lugares de acuerdo a las necesidades planteadas por las autoridades argelinas y asignados a seis ciudades. En Argel se ubicó 1 estomatólogo; en Blida, relativamente cerca de la capital, 6 médicos, 1 estomatólogo, 3 enfermeros y 3 técnicos; en Sidi-Bel-Abbés, 12 médicos, 2 estomatólogos, 5 enfermeros y 3 técnicos. En Constantina, 5 médicos, 4 enfermeros y 1 técnico; en Sétif, 3 médicos, 1 técnico y 1 enfermero; y en Biskra, 2 médicos, 2 enfermeros y 1 técnico, contando al jefe de la misión.

¿Cuba les enviaba el sueldo o se lo entregaba a algún familiar?

En Argelia no recibimos pago, pues el gobierno cubano asumió los gastos. Las autoridades cubanas nos daban un pequeño estipendio como dinero de bolsillo. El sueldo se les entregaba a los familiares en Cuba.

Hábleme un poco de la retaguardia que quedó en Cuba.

A veces hablamos de las misiones internacionalistas sin referirnos a la retaguardia, y debemos mencionar lo que dejamos atrás porque tuvo una connotación extraordinaria para el desarrollo de la misión en Argelia. Los compañeros que asumieron en Cuba la responsabilidad que teníamos y los familiares que debieron resolver todos los problemas que se presentaban. Yo dejé a mi esposa con una hija recién nacida de tres meses y ella sola en La Habana porque no teníamos otra familia en la capital. Ella trabajaba y debió asumirlo todo, sin el apoyo que yo le podía brindar.

¿Puso su esposa algún reparo?

En ningún momento. Nunca puso obstáculos a mi misión, sino que me estimuló a que cumpliera no solo con ese sino con los trabajos posteriores que he realizado. Por eso creo que es necesario hablar de la retaguardia, porque estimo que fueron tan internacionalistas y pasaron tanto trabajo como el que pudiéramos haber pasado nosotros.

¿Otra anécdota?

Me emocionó mucho cómo lloraban los habitantes argelinos cuando regresaron los primeros integrantes de la brigada.

En medio del desierto, en pequeños grupos, conocían ya de nosotros. Algunos a veces hasta nos invitaban a sus bodas, que es una experiencia completamente distinta a la nuestra. Concurrí a dos o tres, cosa que ellos no hacen con frecuencia, pues son actividades muy cerradas por la religión musulmana.

En otra ocasión, cuando varios compañeros nos trasladábamos en el Peugeot de la misión, de una ciudad a otra, nos sorprendió una tormenta de arena. Eso fue de película. En Argelia te recomiendan que, si te sorprende una tormenta, pares el carro, subas todos los cristales y ni se te ocurra moverte porque la arena, con la fuerza con que viene, te hace un daño tremendo. Cuando terminó, dentro del carro y en nuestros bolsillos había arena. La carrocería del vehículo, de la mitad hacia abajo, estaba completamente pulida, es decir, lo dejó en la lata, sin pintura. Los cristales de todo el carro estaban opacos por la pulida que les dio. En ese lugar estuvimos varias horas, hasta que llegaron los tractores que quitaban la arena de la carretera. El vehículo, que era el único que teníamos en la misión, no arrancaba, pues estaba lleno de arena. Tuvimos que remolcarlo y después cambiarle el motor.

¿Cómo evaluaría esa misión?

Siempre digo que dejamos atrás la gran patria: Cuba y la pequeña familia. Y allá formamos una pequeña patria con todos los cubanos que estuvimos y una enorme familia porque, constantemente, todos nos preocupábamos por todos.

La misión tuvo una profunda significación en cuatro aspectos: el humano, al dar esa ayuda con un sentido de fraternidad, de humanismo, comprender la necesidad que tenía ese pueblo y brindarle nuestro aporte desinteresado. A mí me dejó con una gran satisfacción interna, con la felicidad de dar, que es mucho mayor que la de recibir; el político: conociendo a Argelia y su situación, pudimos comprender en la práctica lo que fue el colonialismo para las grandes masas del pueblo argelino; el cultural: para muchos de los participantes fue la primera salida al exterior y aprendimos cosas en un medio muy diferente al nuestro, con un clima desértico, sahariano. Diferencias culturales relativas al idioma, la comida, costumbres, religión, hábitos. El científico: nos ayudó a completar nuestra formación profesional, pues trabajamos en un medio extraño, con tremendas dificultades, no con las posibilidades técnicas que teníamos en Cuba, y con enfermedades nuevas que no conocíamos.

¿A cuarenta años de aquella misión cuál es su sentir?

Cuarenta años después me encuentro muy feliz de haber dado ese aporte. Me siento deudor de la Revolución por aquella experiencia humana, política, cultural y científica, pues recibí mucho más de lo que di. Hay miles de cubanos que han hecho misiones internacionalistas en diversos campos y se ha forjado una conciencia nacional sobre esa ayuda que ya forma parte de nuestra tradición y cultura solidaria.

Me siento orgulloso de haber sido uno de los pioneros de este enorme ejemplo que la pequeña Isla del Caribe ha dado al mundo.

Tras regresar de la nación árabe, Resik se formó como epidemiólogo, especialidad que estudió en Chile. Además, en Cuba pasó un curso de administración de salud. A partir de 1965 ocupó diferentes cargos de dirección, entre estos, director del Instituto de Higiene y Epidemiología, director del Hospital Las Ánimas, director nacional de Nutrición y director de Biomedicina del Comité Estatal de Ciencia y Técnica.

Nos sentimos más crecidos, más humanos, más útiles

El 15 de abril de 1920, en el pueblecito matancero de Cárdenas, nació hace 84 años Sara Perelló Perelló, quien en 1963, ya graduada como especialista en pediatría, decidió con el corazón por delante y el enorme espíritu de humanismo que tuvo desde un principio la Revolución cubana, partir a prestar sus servicios a la recién liberada República de Argelia. Después de cuarenta años de aquel relevante hecho, aún lo recuerda con gran satisfacción y alegría.

Cuando la entrevisté, en el año 2003, me dijo con una dulce sonrisa: «Este año acabo de cumplir cincuenta años de graduada de médico (1953), igual que el guerrillero heroico Ernesto Che Guevara».

Antes había estudiado arte en la Escuela San Alejandro y se graduó como profesora de dibujo y pintura, a la par que cursaba el bachillerato. Como la situación no era buena, debió impartir clases. Destacarse como pintora era muy difícil, pues se necesitaba tener cierta holgura económica que le permitiera comprar tela, pintura, además de amistades que le abrieran el camino. Su esposo era periodista, pero no tenía una posición holgada para ayudarla a montar una exposición. También estudió dos años en la escuela de periodismo, pero como no era su vocación, se dedicó a la medicina…

¿Cómo se integró a la brigada?

Cuando el primer ministro Ahmed Ben Bella llegó a La Habana, y días después Fidel pronunció aquel discurso memorable, yo lo oigo junto con mi mamá, como todo aquel cubano que estaba inmerso en los acontecimientos de la Revolución. Ella me dice inmediatamente: «Hija, hay que ayudar a este muchacho», y al día siguiente fui al hospital donde laboraba, el William Soler, y le expresé al director que iba al Ministerio de Salud para ofrecer mi disposición para ir a Argelia. Ya tenía la carta de solicitud hecha y él me pidió que esperara unos días para darle tiempo también a otros médicos del centro. Como a los tres días me presenté, pero solo estábamos dos mujeres, y le manifesté al ministro, doctor José Ramón Machado Ventura, esa inquietud, y me respondió: «No, váyase tranquila, que la brigada se integrará con profesionales de ambos sexos».

Recuerdo que cuando llegué a la casa y se lo conté a mamá, ella se puso muy contenta. En ese tiempo se estaba transmitiendo por la radio una novela que se llamaba Bajo el cielo de Argelia, y mamá estaba muy motivada pues se narraba la epopeya de aquel pueblo pobre, que había sufrido una larga guerra. Me preocupaba la idea de que estaba viejita y con la enfermedad de Parkinson, pero ella me decía que se quedaba con su hermana y ambas se cuidaban. También contaba con la ayuda de mi esposo, que trabajaba en la Academia de Ciencias.No obstante, hablé con los médicos que la trataban, y el gobierno cubano nos confirmó que nuestra familia estaría bien atendida.

Lo cierto es que enfrenté esa misión de una forma muy espontánea y me sentí con tanta obligación con Fidel y la Revolución para dar el paso, que lo hice. Mi esposo me apoyó en todos los sentidos y me dijo: «Para alante, aquí la cosa es para alante, y despreocúpate de tu mamá que va a estar bien cuidada». Eso no había que pensarlo, y fuimos sin nada, sin preparación, pues fue muy rápido. Solo nos reunimos con unos compañeros que nos explicaron cómo era Argelia, los problemas que tenía, lo que íbamos a enfrentar, pero no se nos entregó ninguna documentación, que después, al cabo de los meses, llegó a la embajada cubana de esa nación.

¿Recuerda pasajes sobre la visita del Che a Argelia?

Una tarde nos dijeron que a las siete de la mañana del siguiente día, el Che vendría a visitarnos. Pensé que no podría estar a esa hora porque en Argelia no se viaja de noche, y prácticamente a las seis de la tarde no hay tráfico por las carreteras. De todas formas, insistieron en que estuviéramos a las siete en la Casa de Gobierno. Temprano en la mañana salí caminando con otra compañera. No esperé, porque los otros querían que los llevaran en un transporte. Cuando llegamos a la puerta de la Casa de Gobierno, aquel 13 de julio de 1963, ya el Che nos estaba esperando en la puerta. Recuerdo bien la fecha porque era el aniversario de mi boda. Nos tomamos fotografías y nos sentamos. Nos hizo muchas preguntas y que le expusiéramos los inconvenientes y las anécdotas que creyéramos interesantes. Nos explicó lo del dinero que la embajada nos entregaría para que no confrontáramos problemas. Me acuerdo que las autoridades querían que yo también fungiera como médico forense porque allí todas las noches se encontraban cadáveres y el Che me dijo que no lo aceptara, que ese trabajo lo hiciera un nativo para no crearnos problemas. Le expliqué que me habían nombrado jefa del Departamento de Pediatría porque el médico francés se había ido. Me ofreció algunas sugerencias de lo que debía hacer. También habló de la situación en Cuba, y nos planteó que la zafra azucarera de ese año había sido una de las peores, que el azúcar estaba a muy bajo precio y nos dio información general. Tras conversar con el grupo, partió para Bedeau.

Incluso el Che me hizo un chiste que no lo entendí de momento. Mientras estábamos en Argelia, en Cuba había mucha compulsión, pues constantemente lo mismo se iba un médico, un ingeniero que un periodista. Y el Che me dice de pronto: «Usted sabe cómo está la cosa en Cuba. Por cierto, ahora mismo se acaba de ir una lancha llena de gente de la Academia de Ciencias —mi esposo trabajaba allí—, y me señala.No lo entendí de momento, pero después le dije: «Qué buena noticia usted me dio, seguro que mi esposo viene para acá a verme». El Che estuvo dos veces en Bel Abbés, pues se movía bastante y trabajó mucho. Hasta su uniforme se veía usado, lleno de polvo y arena como el vehículo que lo transportaba.

Supongo que en su mente aún estén presentes muchas anécdotas de aquella experiencia.

Una de las cosas que más me llamaba la atención era que no comprendían por qué nosotros no les cobrábamos. Eso me chocaba, pues me preguntaba por qué no comprendían, que era nuestro deber, nuestra obligación y que nos sentíamos bien. Les brindábamos servicios a todos los ciudadanos, sin importar su ideología o religión. Una vez llegó un viejito que profesaba el judaísmo a la consulta aledaña con la mía, y nadie lo atendió. Me lo dejaron afuera de mi cubículo ya en muy mal estado y desnudo. Me puse muy molesta y hablé muchas cosas en francés, a pesar de que no lo dominaba a la perfección, pero era tanta la furia, que hasta hubiera hablado en chino. Les dije que era un ser humano y había que atenderlo, pues cuando fui a ese país no pregunté si eran judíos, musulmanes, cristianos. Tras mi discurso, todos comenzaron a ayudarme, le presté los primeros auxilios, busqué una ambulancia y lo envié al hospital.

En una ocasión, la familia del español Fernández, el bodeguero, nos fue a visitar. Él era muy revolucionario y había luchado con las fuerzas progresistas durante la República y por eso no le permitían entrar en España. Uno de sus sobrinos se enfermó y el médico francés diagnosticó una fiebre tifoidea, pero al persistir la fiebre decidieron ver a la pediatra cubana. Cuando me lo llevan veo que era un diagnóstico fácil, pues tenía una faringo-amigdalitis aguda que hace fiebre alta; le puse tratamiento fuerte y a las veinticuatro horas cedió la fiebre. Y aquello pareció un diagnóstico de maravilla, cuando solo era una cosa fácil. Me dijeron que tenía que cobrarles, que ellos no podían quedarse así. Les expliqué que nosotros lo que hacíamos era curar, no cobrar.

Entonces, me dijo que tenía que aceptarle una comida, y como es lógico, estuve de acuerdo. Figúrate, nosotros que hacía rato no comíamos una comida hecha por españoles, nos encantó la idea, y me indicó que escogiera a los compañeros de la brigada que me acompañarían.

Se lo dije al cirujano, al anestesista, al laboratorista y al radiólogo, que era el grupo de compañeros que vivíamos juntos. Estuvimos en casa de Fernández casi todo el día y él aprovechó para plantear un problema que tenía con la vesícula, que le hacía crisis. Sabía que debía operarse pero no podía dejar el negocio, pues para hacerlo debía trasladarse a Francia.

El cirujano le dijo que su enfermedad la podía resolver en el hospital de Sidi Bel Abbés. Le indicó que dejara a su hijo en la bodega y que a la semana ya estaría de vuelta. Así fue todo, se le hicieron los análisis al día siguiente, se operó, y a las setenta y dos horas estaban los franceses del hospital visitando la habitación; Fernández sentado y la vesícula, llena de cálculos, en un pomito en la mesa de noche, mientras la gente pensaba que había sido un milagro.

A los pocos días, el español invitó al cirujano a cazar jabalí, y ese fue el premio en pago a la operación.

¿Otras anécdotas?

En una ocasión, atiendo a un niño con difteria, enfermedad que solo había visto en Cuba mucho antes del triunfo de la Revolución, debido a que tras descubrirse la penicilina me enviaron al hospital de infecciosos Las Ánimas, en La Habana, para que observara el tratamiento. Cuando llego a Argelia me encuentro aquellas lesiones en el cuerpo, que antaño había observado en los pacientes afectados por esa enfermedad. Como el niño presentaba la difteria en un estado muy avanzado, le digo a la abuelita que no se lo lleve pues el muchacho estaba muy mal. Había que trasladarlo al hospital para practicarle una traqueotomía y no hiciera un paro respiratorio. Cuando voy a llamar a la ambulancia, la abuelita me lo arrebató y me dijo que si estaba muy grave era de Alá. Comprendí que había cometido un error y que, desde ese momento, el niño que estuviera grave tenía que atenderlo hasta el final sin decírselo a sus familiares, porque si no perdía el caso, como el de este infante que hubiera podido salvarse.

En otros casos no podía curarlos como lo hago en Cuba, y eso se lo digo a mis alumnos que van a cumplir misiones, que no piensen que la consulta va a ser igual a la de los países occidentales. Allí tenía que consultar como si fuera prácticamente una curandera. Para bañar a los niños y bajarles la fiebre con agua, debía valerme de sus ritos y hacer igual que ellos y utilizar las horas del día. Como no tenían relojes, les buscaba horas del día y de la noche para que les dieran los medicamentos.

Con algunos logré que los bañaran, pues tenían piodermitis o lesiones en la piel. Con señales y algunas palabras, les explicaba que tomaran un balde de agua y lo pusieran al sol, y cuando su dios llamara a la oración, tocaran el agua (para ver si no estaba muy caliente), enjabonaran al niño y la enjuagaran. Con gestos religiosos les enseñaba como lo debían hacer durante cinco días, y que después me lo trajeran nuevamente a la consulta. A los cinco días de estar bañando al niño, desde la cabeza a los pies, cosa que no acostumbraban hacer, lo traían a la consulta y estaban lindísimos, limpiecitos y sin ninguna lesión.

Para los habitantes yo era como parte de la familia y me invitaban a muchas actividades a las que no podían ir otros. Yo era amiga de las ancianas y de las jóvenes. Durante el tiempo que estuve allá, mi esposo, que trabajaba como investigador en la Academia de Ciencias de Cuba, pudo ir a Argelia para hacer algunos trabajos. Yo quería que viera una despedida de boda de mujeres, porque la danza más sexual que se pueda ver ellas la realizan. Esos bailes los empiezan a practicar desde que tienen cinco o seis años y hacen un movimiento de caderas que no es comparable al de las mujeres en Cuba.

A una, a la «fiesta del baño», que es como una despedida de soltera, nos invitaron a mi esposo y a mí, pero ese día no bailaron como suelen hacer pues estaban cohibidas. También los hombres me invitaban a sus despedidas de solteros y a las bodas, es decir, disfruté de todas sus costumbres más íntimas.

Hoy siento gran nostalgia de no volver a ese país, de visitar aquellos lugares, a las familias que quise y con las que compartí muchos momentos.

¿Cómo evalúa esa misión?

Creo que fue muy útil e importante para Cuba desde el punto de vista político. A nosotros, como médicos, nos hizo crecer como humanos. Nos permitió ver la función que debemos tener los doctores, pues la mayoría fuimos formados en el capitalismo, con otras enseñanzas y otros conceptos muy alejados de los que propugna la Revolución.

Nos sentimos más crecidos, más humanos, más útiles; que nuestra carrera tenía un sentido más elevado del que le habíamos dado. De Argelia regresamos el 23 de julio de 1965.

¿Qué ha sido de su vida profesional tras el regreso?

Trabajé en el Hospital William Soler. Después se acordó que los pediatras que tuvieran cierta experiencia hicieran una especialidad extra, ya fuera alergia, siquiatría, endocrinología. Me dediqué a la alergia, pero antes pasé por otras muchas especialidades. Fundé también el Departamento de Alergia del Hospital Naval Luis Díaz Soto. Como no había profesores de higiene, me incorporé al Departamento Provincial de Higiene y Epidemiología; hice investigaciones sobre el asma bronquial. A pesar de que soy pediatra, he impartido clases y aún las doy en las especialidades de Higiene, Epidemiología, Alergia, de Sociedad y Salud.

En julio del año 2003, cuando realicé esta entrevista con la doctora Sara Perelló Perelló, esta incansable profesional impartía clases de Mitigación de Desastres en la Facultad de Ciencias Médicas Enrique Cabrera.

La desconocida historia del doctor Álvarez Cambras

Para millones de hombres y mujeres, no sólo de Cuba sino de muchas partes del mundo, el nombre de Rodrigo Álvarez Cambras les es conocido por sus innumerables aportes a las ciencias médicas ortopédicas, incluso por el famoso fijador externo de huesos que lleva sus iniciales: RALCA.

Lo que la gran mayoría desconoce es que este científico cubano, que ostenta más de trescientas condecoraciones y reconocimientos nacionales e internacionales, participó como médico guerrillero, a mediados de los años 60, en el Batallón Patricio Lumumba, el segundo frente del Che en el Congo Brazzaville.

Cuando a finales de 1964 se producen las primeras agresiones norteamericanas a Vietnam del Norte, Álvarez Cambras, quien desde 1969 dirige el Complejo Ortopédico Internacional Frank País, escribe una carta al Comandante en Jefe Fidel Castro y al Partido Comunista en Ciudad de La Habana, en la que expresa su disposición de ir a esa nación para apoyar al pueblo vietnamita en su lucha contra el imperialismo.

Su carrera de medicina, que había interrumpido en 1956 cuando el régimen de Fulgencio Batista cerró la Universidad, la continuó tras el triunfo de la Revolución y se graduó como ortopédico en 1964. Contaba con experiencia en esa rama, pues desde los primeros años estuvo como alumno ayudante de esa especialidad en el Hospital Calixto García.

Este famoso y brillante científico cubano nació en Candelaria, Pinar del Río, el 22 diciembre de 1934, pero fue inscrito en la Ciudad de La Habana. Estudió primaria en una escuela pública en la barriada de Luyanó, donde vivió hasta los 12 años. Su padre, con un esfuerzo enorme, sufragó sus estudios en el colegio religioso Los Maristas en la Víbora hasta 1948, cuando muere de tuberculosis. Como era el batutero mayor de la banda de música, integrante del equipo de baloncesto y otros deportes, sus hermanos de escuela le consiguen una beca y termina el bachillerato en 1952.

Ese año logra ingresar en la Escuela de Medicina de la Universidad, aunque con muchas dificultades, porque participaba en las luchas estudiantiles. Cuando cierran la Universidad a fines de 1956 ya estaba en tercer año de medicina.

Tuvo una amplia participación en la lucha clandestina, y luego del triunfo de la Revolución ejerció varios cargos: finanzas en el Movimiento 26 de Julio en Ciudad de La Habana,; coordinador de un sector de la Defensa Civil; igualmente, laboró en la intervención de varias instituciones como la Casa de Beneficencia, el Instituto Nacional de Higiene, algunos laboratorios privados y otras empresas, hasta que comenzó a trabajar en la Aduana de La Habana como inspector sanitario de Puertos y Aeropuertos.

A finales del 61 se reintegra a los estudios y a la vez trabaja en la Aduana. Cuando concluye la carrera en 1964 ya tenía experiencia en ortopedia, pues desde el primer año había iniciado prácticas de esa especialidad, y según rememora fue por un hecho fortuito, pues durante una manifestación estudiantil la policía batistiana le dio una golpeadura que le provocó una lesión en la pierna. Lo llevaron a la Sala Gálvez del Hospital Calixto García y allí ayudó y aprendió a poner yeso a otros pacientes con los estudiantes más avanzados.

Y recuerda Álvarez Cambras:

Hay un dicho que dice: el que se moja con yeso se hace ortopédico, y así me fui metiendo en la sala a donde iba todos los días porque me gustaba. Hice una oposición de Alumno Oficial, y vivía en el internado de ese hospital, donde me daban desayuno, almuerzo y comida. En este centro médico desarrollo la ortopedia hasta que paso a la vida clandestina a principios de 1958. Al reintegrarme, me mantengo trabajando ortopedia en el Calixto García, y cuando me gradúo paso al Hospital Ortopédico Fructuoso Rodríguez, con el cargo de coordinador de docencia e instructor de un grupo de trabajo por la experiencia que tenía.

Para cumplir el Servicio Médico Rural, lo ubicaron a mediados de 1964 en el Hospital Saturnino Lora de Santiago de Cuba, donde lo designan jefe y profesor de ortopedia de las hoy cinco provincias orientales (anteriormente solo era la provincia de Oriente).

En el Saturnino Lora labora un año, hasta que una mañana recibe una llamada telefónica de La Habana en la que le pedían presentarse en el Ministerio de Salud. Roberto Perera, jefe de Relaciones Internacionales de Salud Pública, y Torres Santraill, responsable de posgrado del Plan Montaña, lo reciben en la capital y le comunican que existía la posibilidad de cumplir una misión internacionalista y le preguntaron si conocía a otros médicos que quisieran acompañarlo.

Les da los nombres de dos, del cirujano Manuel Jacas Tornés y del clínico Julián Álvarez Blanco, quienes ya habían expresado por escrito su deseo de ir a Vietnam y que también hacían el servicio médico en la provincia de Oriente.

Poco tiempo después, los tres fueron citados a La Habana, y Cambras narra anécdotas de esa historia:

Salimos para La Habana en un auto Opel Record hecho leña que yo tenía, y el viaje resultó una odisea. Cuando monté a Julián me dijo: «Esto tiene un ruido extraño».

Por el poblado de Jicotea, en Las Tunas, se rompió y lo dejamos botado con todo el equipaje. Yo poseía una metralleta, pues era miliciano, y de pronto, cuando ya estábamos a varios kilómetros del lugar —en una camioneta que nos habían prestado en el Partido de Las Tunas para que llegáramos hasta el aeropuerto de Camagüey— le digo al chofer: «Vira, que se me quedó la metralleta». Las jaranas de Julián y Jacas duraron hasta La Habana.

Llegamos a la capital y nos reciben Machado y Perera, quienes posteriormente nos citan por separado a una entrevista en una casa de trabajo que estaba en L y Línea. Dijeron que iríamos para Vietnam, que debíamos lanzarnos en paracaídas en el Delta del Mekong. Como es lógico, la mente se nos llenó de preocupaciones. Seguidamente hicimos una carta expresando nuestra voluntad de realizar la misión y de despedida a los familiares, que se abriría en caso de fallecimiento.

Unos días después nos citaron a un campo de entrenamiento. No se me olvida, porque llegamos y vimos que los compañeros eran de la raza negra, prietos de verdad, y pensamos que había un error. Regresamos a La Habana y fuimos a ver a Machado, quien, al exponerle nuestra duda, comenzó a reír y afirmó: «Chicos, eso fue lo que les dijeron para ver la disposición, pero para donde van, si están dispuestos, es para África». Eso fue en julio del 65.

Más tarde, tuvimos una entrevista con Osmany Cienfuegos, ministro de la Construcción y responsable de las relaciones internacionales del Partido, y con Manuel Piñeiro, viceministro del Interior, quienes explicaron que sería una misión difícil. Nos tomaron la medida para los uniformes, y este último nos entregó una pistola P-38, un reloj marca Poljot (el mío estaba roto), una maleta, botas, y toda la indumentaria de guerra menos el fusil, que iría en el barco.

Posteriormente, el Comandante en Jefe Fidel Castro nos mandó a buscar. Almorzamos con él y nos habló de África en general, sin especificar el país, de la importancia de la misión, que íbamos voluntarios, pues era una decisión personal. Preguntó si teníamos pistolas y le dijimos que una P-38. Le dijo a Piñeiro, quien nos acompañaba: «No, no, tienes que buscarles una mejor, ¿cómo les vas a dar a unos oficiales médicos una P-38?». Nos trajeron una Stich de 20 tiros que Fidel nos entregó. Todavía la conservo como un tesoro. En los días siguientes, llenamos varios papeles y nos dieron pasaportes con nombres cambiados; el mío era Fernando Estévez García».

Después de pasar un pequeño entrenamiento, una noche nos recogieron en unos vehículos y salimos para el Mariel. Allí se encontraban, en la escalerilla del barco soviético de pasajeros, Félix Dzerzhinsky, despidiendo a los futuros combatientes: Fidel, Osmany y Piñeiro.

¿Intercambió palabras con Fidel?

Cuando subía, maleta en mano y vestido de civil con camisa de mangas cortas, Fidel se da cuenta que no llevo reloj y me dice que cómo un médico va a ir a la guerra sin ese importante medio. Le respondo que me dieron un Poljot roto y lo dejé en casa. Inmediatamente se quitó uno de los dos relojes que llevaba, en este caso un Longines, y me lo entregó. Durante toda la estancia en el Congo me acompañó y después el reloj viajó conmigo a otros países, pero hoy lo guardo como recuerdo y solo lo uso en contadas ocasiones.

El 6 de agosto de 1965, del puerto del Mariel zarpó el barco Félix Dzerzhinsky, rumbo al África, con los integrantes de la Columna Dos, al frente de la cual estaba el compañero Jorge Risquet Valdés.

¿Cómo fue la travesía?

El viaje duró dieciséis días junto a la Columna Dos casi completa, pues una avanzada fue por avión para preparar las condiciones del grueso de la tropa. Estuvimos mucho tiempo con los aviones norteamericanos sobrevolándonos, porque en esa época se había producido la invasión estadounidense a Santo Domingo1 y la nave en que viajábamos era soviética. Como los médicos que íbamos éramos blancos, no había problemas de que nos vieran, pero la tropa era negra y para que no se descubriera la misión por los pasajeros del buque o por aviones espías, tuvieron que viajar en las bodegas, en una zona calurosa y con poca ventilación. En ocasiones salían por las noches, pero por poco tiempo.

Se produce un fenómeno muy curioso. En primer lugar, todos los combatientes estaban recién vacunados contra varias enfermedades tropicales, y segundo, como la comida rusa es muy fuerte, con olores desagradables, los compañeros que iban abajo se pasaban todo el tiempo mareados y vomitando, pues les faltaba aire fresco y respiraban las emanaciones de la comida. Algunos iban a comer y después vomitaban. El capitán tenía un gong que lo hacía sonar al lado de un micrófono para anunciar las horas de las comidas. Algunos vomitaban solo al oír el gong.

Entonces, le digo a Risquet que era necesario hablar con el capitán del barco para que no tocara más el gong, y este me responde que sea yo, como médico, el que conversara con el capitán. Lo hice, pero aquel robusto ruso no comprendió la situación y argumentó que eso era una tradición y por lo tanto no se podía violar.

Un día nos robamos el gong y lo tiramos al mar. El capitán se puso sumamente furioso y dijo que no daba más comida hasta que no apareciera el famoso gong, pero este ya descansaba en el fondo del Atlántico. Posteriormente, uno de nosotros les avisaba a los compañeros las horas de ingerir los alimentos.

Por los días finales de agosto del 65, la nave se aproxima a Punta Negra, el mayor puerto del Congo Brazzaville, y yo, que estaba en la cubierta, grito: «¡tierra!». El doctor Jacas, que estaba acostado, se levanta, sale corriendo y choca con la puerta de hierro del camarote, que era bajita, y cae noqueado. Tuve que darle un punto, pues sangraba mucho por la herida, y este fue el primer paciente que atendí en esta misión.

¿Es de suponer que tenga muchas anécdotas?

Creo que darían para hacer un libro. En el Congo se hablan diferentes dialectos. Yo no sabía mucho francés (solo había tomado unas cuantas clases con un profesor que venía en el barco). El lingala y el bateketé los aprendí un poquito, pero eran muy difíciles. No se parecen al swahili. El lingala, el lari y el bateketé se hablan en la región del Pacífico, donde están las tribus bakonga, lari y bateketé. Una de las anécdotas interesantes es que veía a tantos niños con polio en el hospital que les preguntaba a los familiares de qué lugar venían. Todos me respondían de Ambrús. Y un día voy a ver a Risquet, que en ese momento estaba con el profesor de francés, y le digo: «Estoy preocupado, hay que localizar un pueblo donde todos padecen de polio», y cuando le digo el nombre, el profesor me aclara que ambrús quiere decir… «de la selva».

En una ocasión, se aparece una tribu entera frente al hospital con sus arcos, escudos y flechas. Traían en una parihuela a un anciano de 70 u 80 años, con barbas blancas y larguísimas uñas, para que lo operara de una cadera fracturada. Allí el promedio de vida es de 35 a 40 años, y vivir más tiempo para una persona representa estar bendecida por su dios y por tanto son muy respetados.

La tribu estuvo en ese lugar cerca de cuarenta y ocho horas. Anunciamos la operación y un enfermero francés que tenía de asistente, me pregunta: «¿Doctor, por dónde escapamos?, en la parte trasera yo tengo un carro». Le indago el porqué, y me responde que la tribu está danzando y dando vueltas alrededor de un palo y que si ese anciano se muere por lo menos tenemos que perdernos diez días. Por suerte, la operación fue un éxito y la tribu se llevó al viejito de regreso a la selva.

A veces íbamos a algunas misiones, pues se preparaba en los distintos campamentos a la milicia para que protegiera al presidente Massamba Debat ante un posible ataque desde Zaire, y también a numerosos guerrilleros del MPLA.

Tengo una anécdota con uno de nuestros soldados, que por supuesto muchos eran campesinos, ex combatientes de la Sierra Maestra. Este hombre va a verme y me dice que estaba padeciendo de un fuerte dolor en el ano. Lo reviso y tenía hemorroides. Le doy unos supositorios de glicerina largos y le comunico que, antes de ir al servicio, se ponga un tareco de esos. Le doy como veinte supositorios. El guardia se fue para una misión lejos de Brazza. Cuando regresa le pregunto cómo le había ido por allá y me responde: «Médico, se me curó, qué buena medicina usted me dio, pero qué difíciles son de tragar las pastillas esas». El hombre se había tragado todos los supositorios, pero se le trababan en la garganta.

Una vez nos mandan a buscar a un compañero nombrado Jesús Ramos Aróstiga, conocido por Palacios, al que se le escapó un tiro de su pistola y resultó herido en el vientre. Palacios, procedente de una familia campesina del Escambray, estaba en una lejana región conocida como Safel. Íbamos a ir Jacas, el anestesista Isidel y yo con el instrumental quirúrgico. Isidel sale por tierra porque en la avioneta no cabíamos todos y si teníamos que volver con el herido debía entonces quedarse allá uno de nosotros.

Fuimos a buscar el susodicho avión y lo que encontramos era una avioneta de tela, llena de huecos y con aspecto despreciable. Cuando subimos, el piloto congolés no tenía llave para el arranque. Zafó dos cables, los pegó y arrancó. La nave era de un solo motor y cuando despegamos íbamos para arriba, para abajo, y pensamos que se caía. Cuando llegamos al lugar, el piloto nos explica que no puede aterrizar porque el único lugar posible estaba ocupado por las tambochas, hormigas gigantescas que hacen unas montañas de tierra de metro y medio de altura. Desde el aire se observaban con sus formas increíblemente simétricas, en línea recta, cada varios metros. Eran cientos de hormigueros, y si los rompes ellas se alborotan y te pueden acabar. Dimos vueltas y la gasolina se acababa, hasta que el hombre, que era buen piloto, logró aterrizar al lado de un río en un espacio muy corto. Desgraciadamente, cuando llegamos Palacios ya había fallecido. Habían ido a buscar un médico que estaba cruzando la frontera, en Gabón, peroya Palacios estaba muerto. Lo que hicimos fue traer el cadáver, lo embalsamamos y lo enviamos para Cuba.

¿Usted se encontraba cuando el intento de golpe de Estado? ¿Le asignaron alguna misión?

Estando en Brazzaville se produce un intento de golpe de Estado contra el presidente Massamba Debat, encabezado por la unidad de paracomandos (unos 250 hombres) que eran, junto con la gendarmería, los grupos mejor armados y entrenados por los antiguos colonizadores franceses. El gobierno estaba a favor del presidente Massamba y muchos de sus integrantes se refugian donde se encontraba el contingente cubano, entre ellos el primer ministro Ambroise Noumazalay. Estos hablan con Risquet, quien decide apoyar al gobierno legítimo en contra de los complotados, pero sin que ocurriera algún hecho de sangre.

Al principio se rebelan los paracomandos y prácticamente dan el golpe, porque Debat estaba en Tananarive, Madagascar, en una reunión de la Organización de la Unidad Africana.

Tomaron el Palacio y algunas principales posiciones de Brazzaville. En ese momento solo nos encontrábamos en la capital dos oficiales, el capitán Rafael Moracén Limonta, conocido como Quitafusil, y yo que era teniente. El jefe del contingente, Jorge Risquet, me informa de los sucesos y me ordena que fuera a tomar la emisora, que estaba ofreciendo partes a favor del golpe de Estado y contra Massamba.

Me asigna solo 10 hombres y una BTR (tanqueta con una ametralladora 30). Salgo rápidamente para la emisora, donde entré en forma abrupta, sin ninguna resistencia. Paro los programas de televisión y de radio. Al poco rato llegan 10 gendarmes, que eran una especie de policía, les digo que se vayan pero no quieren abandonar el local, pues decían que tenían órdenes de permanecer allí.

Me comunico con Risquet por medio de un equipo que me había entregado y me dice que los deje allí, pues aún no se sabía si la gendarmería se iba a alzar, y si nos fajábamos en un principio con ellos, después podría ser peor, pero que los mantuviera vigilados.

La situación se puso peor y me envía dos cañones de 75 mm, sin retroceso, de fabricación china, y una ametralladora cuatro bocas, dos bazucas y ocho hombres más. Monto los cañones y pongo la cuatro bocas frente a la calle por donde podían entrar las tropas alzadas si venían a tomar la ciudad. Nuestra ubicación protegía la embajada cubana y el Bosque, que era el campamento donde estaba Risquet y donde tratábamos de concentrar al Consejo de Ministros y a otros dirigentes congoleses, para mantener el gobierno, que ante la ausencia de Massamba lo encabezaba el primer ministro Ambroise Noumazalay.

La misión era, primero, evitar que entrara la gente a tomar la ciudad; segundo, que no entraran los paracomandos por otra carretera que daba a la emisora; tercero, parar la propaganda contra el gobierno; cuarto, vigilar a la gendarmería que estaba enfrente y que tenía cerca de 2 000 hombres en un gran campamento de tres hectáreas, y cuidar la embajada que se encontraba frente a la gendarmería, a unos doscientos metros de la emisora.

Vuelvo a hablar con Risquet, pues llegan 14 gendarmes a relevar a los 10 anteriores. Me orienta inventar algo para sacarlos sin utilizar la fuerza. Ellos estaban asustados y dormían en el piso, en un gran lobby donde en el medio había una escalera que daba vueltas. Tenían a dos gendarmes de guardia en la puerta y nosotros dos de guardia al lado de ellos. Se me ocurre poner varios hombres en la escalera y que a cada rato rastrillaran los fusiles. Ya entrada la noche, los gendarmes se levantaron y se fueron. Ya sus nervios no aguantaban más.

Le informo a Risquet que la misión había sido cumplida, y me ordenó que mantuviera la posición. Se mandaron hombres partidarios de Massamba a la emisora para que dieran partes de que el presidente estaba en el poder, que regresaba, que Noumazalay estaba bien y el gobierno controlaba la situación.

Durante este tiempo, se producen varios incidentes. En una ocasión regresa la gendarmería a tratar de tomar la radio. Vienen caminando por la calle de enfrente, con una tropa de unos 60 hombres armados. Teníamos puesta una barrera. Me comunico con Risquet y le digo: «Voy a parar a esos hombres», y este me ratifica que no pueden pasar. Salgo con 6 hombres, entre ellos Luis Delgado, el estomatólogo, a quien Risquet había enviado como segundo al mando, y con un sargento al que le decían Cincuenta, muy activo y dispuesto. En la barrera paro al grupo, les digo que no pueden pasar. Tenemos una discusión grande. Había mandado a los seis que venían conmigo que se tiraran al borde de la carretera con los fusiles en ristre. La ametralladora cuatro bocas estaba en la otra calle. Les había dado órdenes de que si yo hacía una seña, enfocaran la ametralladora hacia los gendarmes, pero sin tirar. Les repetía constantemente que el único que podía abrir fuego era yo, pues tenía órdenes de que no hubiera un muerto.

Un oficial de gendarmería, que venía al frente, trata de pasar la barrera, me da un empujón e inmediatamente le doy un culatazo en el pecho y le rastrillo el fusil. Él se asusta, los otros se echan para un lado, mientras la ametralladora cuatro bocas los enfoca. Ahí concluyó todo pues se retiraron.

Otro incidente ocurre cuando una columna de blindados y cerca de 20 camiones con paracomandos se acercan a la emisora por la otra carretera para tratar de entrar a la ciudad. Pongo la barrera y me sitúo en el medio de la calle con el fusil en posición de fuego, la cuatro bocas hacia arriba y mando a todos los hombres a ponerse en posición de tiro. Yo me quedo parado y le grito a la gente que no fueran a disparar. Cuando están llegando, ordeno enfilar la cuatro bocas hacia la columna. Los que venían delante en los camiones se asustan, levantan las manos y con la misma cambian de dirección y no entran en la ciudad.

Horas más tarde, los gendarmes colocaron dos ametralladoras de trípode, una en dirección a la embajada y otra hacia la emisora. Informo que están montando ese armamento y Risquet me ordena entrar en el cuartel de la gendarmería, asustarlos y eliminar ese armamento. Pregunto cómo lo hago y me responde: «Como puedas». Doy varias órdenes de ocupar las posiciones, reubicar los cañones y los otros armamentos que teníamos. Entonces, le digo al sargento al que le decíamos Cincuenta que me siga con el fusil colgado al hombro detrás de la espalda. Fuimos caminando despacito hacia la gendarmería y cuando llegamos a la puerta empiezo a preguntarles qué estaban haciendo, quién había mandado poner esas ametralladoras, y me contestan que de allá adentro, los oficiales. Le doy una patada a la primera ametralladora y la vuelco, rastrillo el fusil, y les ordeno que enfoquen la ametralladora para adentro del cuartel, y el tipo estaba tan anonadado que la viró. Inmediatamente entro y hacia mí vienen dos oficiales a los que les pregunto con qué bando estaban. Enseguida respondieron que estaban con el presidente Massamba. Les dije entonces que no se movieran de allí y que no sacaran ni un hombre ni una ametralladora más.

Tras el regreso del Congo, el gobierno cubano decide que el doctor Rodrigo Álvarez Cambras perfeccione sus estudios de ortopedia. Como ya él conocía el idioma, sale con una beca hacia Francia. Allí cursó estudios durante veinte meses en la Universidad de París, en el Hospital Cachín y en otras instituciones. Tras concluir los estudios regresa a La Habana y le dan la misión de desarrollar la ortopedia en Cuba. Lo designan director del Hospital Ortopédico Frank País.

De aquel pequeño hospital de 110 camas, hoy el Frank País, cuenta con 657 camas, 24 salones de operaciones, un hotel con 226 camas para enfermos extranjeros, un hotel de 100 camas para extranjeros que vienen a estudiar en Cuba distintas especialidades y una residencia con 100 camas para los cubanos que vienen a adiestrarse o a congresos y actividades.

Además, tiene un banco de huesos y tejidos para todo el país. Se crearon dos fábricas: una de aparatos ortopédicos y de corsés, y otra de instrumental clínico y fijadores externos. Se hizo un policlínico de atención externa y el centro de traumatología deportiva.

Hoy es uno de los hospitales más grandes de ortopedia en el mundo y de los más importantes por la infraestructura que lo soporta.

Y con aire de orgullo por el deber cumplido, el profesor Álvarez Cambras concluye: «Fue un sueño que tuve un día, y se logró gracias a que hubo una revolución socialista en Cuba».

1El 27 de abril de 1965, 40 000 marines norteamericanos invadieron la República Dominicana para aplastar un movimiento revolucionario encabezado por el coronel Francisco Caamaño Deño, que reclamaba la restitución de la Constitución de 1963 y del gobierno del presidente Juan Bosch, que había sido derrocado por un golpe militar dirigido por la CIA y el gobierno de Estados Unidos en 1963.

El primer médico cubano que llegó a Angola

El doctor Abigaíl Dambai Torres1 no quería recordar todas las vicisitudes y los pasajes de la guerra que había vivido veintiocho años atrás durante los diez largos meses que pasó en Angola.

Cuando lo llamé por primera ocasión, en noviembre de 2003, me habló con pocos deseos de mantener una conversación sobre el tema, pero continué insistiendo porque me habían hablado de su destacada historia profesional y combativa en tierras angolanas y porque, además, era la única entrevista que me faltaba para concluir este libro.

Al fin, en enero de 2004, logré que me recibiera, y cuando entré en su modesto apartamento del reparto San Agustín en Ciudad de La Habana, me enseñó una carpeta carmelita que contenía cuartillas amarillentas golpeadas por el paso del tiempo y me dijo: «Esto lo acabo de sacar de mis archivos, donde ha permanecido durante más de veinte años. Lo escribí durante mi estancia en Angola y lo ordené cuando regresé a Cuba, pero aquel conflicto me golpeó sentimentalmente y no deseaba recordarlo».

Y realmente sucedió así, pues Abigaíl resultó el único médico de los quince entrevistados que llevó un diario de campaña, y por eso todos los datos están magistralmente detallados. A veces escribía varios días seguidos; en otras ocasiones, no tenía tiempo y lo hacía al cabo de la semana, pero aún su memoria estaba fresca. Recuerda que en plena guerra se realizó en Luanda una jornada científica y presentó algunos de esos datos bajo el título de «Aspectos más importantes de los servicios médicos en un batallón de infantería en el Frente Norte entre los meses de octubre de 1975 a febrero de 1976». Como se encontraba en el primer escalón del conflicto, otro galeno leyó su trabajo en el evento que tuvo lugar en marzo de 1976, y como epílogo concluía con esta enseñanza: «En un batallón dislocado en la primera línea de combate lo primero que hay que hacer es salvar la vida del herido e inmediatamente preparar al paciente para su evacuación».

Abigaíl Dambai Torres nació en Santiago de Cuba el 4 de marzo de 1945. En esa ciudad estudió primaria, secundaria y el bachillerato hasta el tercer año, cuando se trasladó hacia la Ciudad de La Habana como becado, donde se graduó de bachiller en 1964. Regresó a Santiago de Cuba e ingresó en la Facultad de Ciencias Médicas. En ese centro hizo primer y segundo años, y posteriormente se trasladó hacia Ciudad de La Habana donde cursó tercero, cuarto, quinto y sexto. Entró a formar parte del ejército desde que en 1964 comenzó a estudiar la carrera en Santiago de Cuba, en ocasión de realizarse el primer llamado para cuadros permanentes de los servicios médicos de las FAR. Este fue el primer grupo de estudiantes militares de medicina y él finalizó la carrera en la facultad del Hospital Carlos J. Finlay.

Tras graduarse en 1971, lo ubican en el hospital de Santa Clara, antigua provincia Las Villas, para realizar el Servicio Médico Rural como jefe del Departamento de Medicina Interna. En esa ciudad estuvo durante 1971, 1972 y parte de 1973, y recuerda que fue una gran experiencia que le sirvió para enfrentarse a disímiles casos médicos que se le presentaron durante la guerra en Angola. Al concluir su trabajo en Las Villas, regresa al Finlay para hacer la especialidad de medicina interna, y cuando estaba haciendo la residencia lo llaman de la dirección de Servicios Médicos y le preguntan si estaba dispuesto a cumplir una misión internacionalista, sin indicarle dónde sería. Respondió afirmativamente y le dijeron que recogiera las cosas, que partiría al siguiente día. Como vivía en el internado del hospital militar subió las escaleras, recogió algunas pertenencias, se despidió de los compañeros y partió.

Del hospital lo llevaron a una escuela de entrenamiento militar ubicada en Ceiba del Agua, en la provincia de La Habana, donde permaneció unos pocos días. Hizo prácticas de tiro con diferentes tipos de armas, pero tampoco le informaron hacia cuál país iría, aunque todos los que allí se encontraban comprendían que por la instrucción que les daban serían enviados hacia algún frente de combate.

Abigaíl rememora que a finales de agosto de 1975, él y otros nueve compañeros partieron en un vuelo de Cubana de Aviación, en forma subrepticia y medio clandestina, desde el aeropuerto internacional José Martí en La Habana hacia Portugal. En aquel año tenía lugar en ese país europeo la llamada Revolución de los Claveles. La situación se hallaba muy tensa porque estaba a punto de desaparecer el movimiento progresista liderado por oficiales jóvenes que, cansados de la sangrienta guerra que la metrópoli realizaba contra sus colonias en África, derrocaron el 25 de abril de 1974 al régimen del primer ministro Marcello Caetano, lo que dio paso al proceso de negociación para la independencia de las colonias lusitanas en África.

En Lisboa se hospedaron en el hotel Penta y, para mayor seguridad, los cubanos andaban siempre en dúos para realizar cualquier actividad o salida del edificio. Al frente del grupo iba el comandante Romárico Sotomayor, y como guía, el comandante Jimmy Archi, que era el enlace entre Luanda y La Habana, que conocía el trayecto y los guiaba.

En ese hotel debían haber estado solo unos días, pero con los problemas existentes en Portugal, los aviones no salían o no llegaban. El vuelo hacia Luanda falló en tres ocasiones, y cuando al fin lograron viajar y llegar el 8 de septiembre a las 24:00 horas a la capital angolana, el hombre que debía esperarlos, Carlos Cadelo,2 no se encontraba en la terminal aérea. Cada uno tenía en su maleta, ropa, un par de botas rusas y una capa, y tres de ellos llevaban pistolas Makarov. La orden era que si se presentaba alguna situación imprevista en el trayecto, no podían bajo ningún concepto dejarse registrar.

Pero indiscutiblemente las cosas no habían salido como fueron planeadas. Cadelo no aparecía y él era el enlace que los conduciría hasta la casa donde se encontraba el comandante Raúl Díaz Argüelles con otros compañeros, quienes habían viajado días antes a esa nación para establecer los contactos pertinentes con el MPLA.

En el aeropuerto aún se encontraban los policías portugueses y el ambiente era bastante tenso. Los diez hombres se apartaron hacia una esquina del salón de la terminal aérea y esperaron un tiempo prudencial por Cadelo. Cuando ya quedaban muy pocas personas en el local y para no llamar la atención de la policía, decidieron alquilar dos taxis Mercedes Benz, en el que casi no cabían, y Jimmy, que se acordaba a duras penas del lugar donde se encontraba Argüelles (solo había estado allí en una ocasión), logró hallarlo.

Cuando arribaron a la recién creada Misión Militar Cubana en Angola, los recibió el comandante Díaz Argüelles junto a otros seis compañeros. En esa fecha la Misión la integraban 29 miembros, contando al jefe, y con la llegada del grupo de Abigaíl, la cifra de cubanos en Luanda llegó a 39. Narra Abigaíl que, al verlos llegar, Argüelles dijo: «Ahora sí ganamos la guerra», y él pensó: «Esto sí es al duro, esta no es una simple misión médica». Los días posteriores le darían completamente la razón.

¿Ya usted sabía que iba para Angola?

Claro, en Portugal, cuando reviso el pasaporte, veo que dice Luanda. A partir del 8 de septiembre empieza mi trabajo. A los pocos días fui destinado, junto a otros cuatro compañeros de este grupo, a la región de N’Dalatando, a 40 kilómetros de Luanda. Al frente del grupo fue el comandante Romárico Sotomayor. En N’Dalatando se estaban creando las condiciones para un Centro de Instrucción Revolucionaria (CIR) y nosotros íbamos como instructores. Comencé a crear las bases para instalar un puesto médico que atendería a los alumnos de la futura escuela.

Varias semanas después, en el mes de octubre, llegó el resto de los instructores cubanos que faltaban por incorporarse a ese CIR.

El grupo médico de esa escuela lo integraban el doctor Pedro Luis Pedroso como cirujano, un anestesista (que ya murió) y yo como jefe. Cuando Pedroso llega, ya yo tengo muchas cosas adelantadas.

¿Estuvo mucho tiempo en N’Dalatando?

No. Esta estancia duró muy poco, porque tras el arribo del personal cubano, se me plantea, el 18 de octubre, la misión de ir como jefe de Servicios Médicos de un batallón de infantería angolano que estaría ubicado entre la altura de Morro de Cal y el poblado de Quifangondo. Aquí es donde ya Pedroso y yo nos separamos y nunca más lo vi en el tiempo que estuve en Angola.

Salgo de donde me encontraba junto con el jefe del batallón, el comandante Vega (le decíamos El Colorado), que había peleado en la Sierra Maestra. También me separo del comandante Romárico Sotomayor. Esto fue una dinámica muy rápida, porque el enemigo venía avanzando con dos o tres batallones motorizados reforzados con artillería de cañones. La idea de Holden Roberto, el jefe del FNLA, era entrar a Luanda antes de la fecha de independencia que estaba prevista para el 11 de noviembre de 1975.

A la zona donde nos instalamos, entre Morro de Cal y Quifangondo, le llamaban La Pollera. En aquella región las condiciones no eran muy buenas y confronté algunas dificultades para lograr la ubicación del puesto médico. El jefe se reunió conmigo y me planteó que la misión asignada a esa unidad militar era la de detener por esa zona el avance del enemigo, y mi tarea específica era dar aseguramiento médico al batallón de infantería al que se le habían agregado otros dos pelotones de infantería y uno de artillería, los que pasarían a la ofensiva a las 5:00 horas del 23 de octubre.

Hice el reconocimiento en el mapa y en el terreno, y logré encontrar un lugar que por su enmascaramiento, vías de comunicación y distancia del Frente de guerra y del resto de las tropas y medios era el que mejores condiciones tenía. Allí se dislocó el cuerpo sanitario después de consultar con los jefes de batallón y de retaguardia.

Exactamente, a las 5:00 horas del 23 de octubre de 1975 comienza el ataque con los primeros disparos de artillería de largo alcance, y como a la hora empezamos a sentir el fuego de respuesta artillera del enemigo.

El primer herido llegó a las 6:50 horas y se trataba de un combatiente angolano con heridas profundas en tórax, abdomen y miembros superiores por esquirlas de fragmentación de morteros.

¿El enemigo respondió con fuerza el ataque?

La realidad fue que nos lanzaron un «aguacero» de granadas, morteros, balas de cañones 130 y 140 mm. Eso fue terrible. Esto, como dije, sucede en el lugar conocido como La Pollera, que resultó la primera zona de combate. Le realicé al herido el tratamiento que correspondía y lo preparé rápidamente para su evacuación. No presentaba elementos clínicos que hicieran pensar en situación de peligro para su vida.

A los quince minutos nos llega otro angolano con una herida por proyectil de arma de fuego en el muslo derecho, cara externa con entrada y sin salida. No tenía sangramiento importante ni fractura aparente. Al momento llega otro con herida de arma de fuego en el tórax sin compromiso respiratorio. Posteriormente, recibo tres con múltiples heridas por fragmentación de granadas de morteros. Todos fueron evacuados en ambulancias de las FAPLA que estaban a nuestra disposición.

Cuando se me plantea esta misión por parte del jefe, se me entrega por escrito que debo extraer del puesto médico medicamentos para dos meses aproximadamente, y por iniciativa propia solo saqué fármacos para tiempo de guerra. Es decir, no disloqué el puesto médico, sino una quinta parte de los medios que tenía, pues si no sabía cómo se iba a presentar el futuro, no se podían extraer todos los huacales de medicamentos porque después cómo los recuperas y te los llevas. Estuve claro porque después usted verá lo que pasó.

¿Continuó recibiendo heridos?

Esa mañana también recibí tres heridos, todos con politraumas por caídas. Luego me enteré que fueron heridos dos cubanos, entre ellos Vega, el jefe de batallón, un hombre muy valiente que estaba en el primer escalón del Frente. A Vega lo rozó una bala de ametralladora 50 en el hombro derecho y por suerte solo le llevó el deltoides. Si el proyectil se desvía un poquito nada más lo hubiera matado o cuando menos le hubiera arrancado el brazo. El otro era el ingeniero zapador, herido por fragmentación de granada de mortero con lesiones en tórax y región lumbar. Fueron trasladados directamente hacia el hospital de Luanda, porque llevarlos al puesto médico donde me encontraba no tenía ninguna lógica.

Tras cuatro horas de combate y cuando me encontraba atendiendo a los heridos y su evacuación, se me acerca, muy alarmado, el sanitario cubano y me dice que los proyectiles enemigos estaban cayendo en el patio del puesto médico. Al poco tiempo se presenta el jefe de retaguardia con un camión Zil-131 y me plantea que era necesario y urgente que me preparara para la evacuación.

Rápidamente, preparo los medios porque lo que nos estaba cayendo arriba era una granizada de metralla. El enemigo venía bien preparado y nosotros no disponíamos de la fuerza y los medios para detenerlos, pero no nos derrotaron, por supuesto. La fuerza principal del batallón era de angolanos con fusiles M-52 de fabricación checa, con poca experiencia militar, pues apenas habían podido pasar la escuela de entrenamiento. Los cubanos éramos los instructores, y comparando la fuerza del enemigo y sus armas pesadas, la lucha se presentaba de león a mono.

El jefe de retaguardia me dice que evacue urgente, pues casi todo el batallón ya lo había hecho. Él se atrinchera en un hueco frente al puesto médico y, con la ayuda de sus binoculares, me va dando la información que observa en derredor, mientras yo, con un sanitario cubano y dos angolanos, comienzo la evacuación, pues no quería que se quedara ni una pastilla de aspirina. Por suerte, no había dislocado los medicamentos, porque no sabía la dinámica de la situación que presentaríamos. Comenzamos a cargar los huacales con los proyectiles de morteros cayéndonos cerca. No tenía oído para diferenciar el peligro y continué mi trabajo, sin miedo. El sanitario cubano junto a un angolano estaban en la cama del camión recibiendo los paquetes y yo con otro sanitario angolano se los alcanzábamos. Cuando concluimos de subir los medicamentos, cierran la puerta lateral de la cama del camión y yo voy a buscar el fusil que tenía dentro del puesto. Entonces, el chofer del camión, un angolano, como ve que los obuses caían tan cerca, arranca el vehículo y sale a toda velocidad.

¿Cuál fue su reacción?

El jefe de retaguardia me dice que me tire al suelo y me arrastre hasta donde se encontraba. Me explicó que teníamos que esperar en ese lugar hasta que el enemigo trasladara el fuego, porque le estaban tirando a una batería de morteros que estaba a solo 250 metros de nosotros. Como a los veinte minutos salimos arrastrándonos, corriendo «a gatas» en zigzag por espacio de un kilómetro, donde se había concentrado la jefatura del batallón, que también estaban preocupados porque el médico no aparecía y habían visto pasar el camión con los medicamentos. Posteriormente, me informaron que el puesto médico había sido bombardeado y destruido completamente.

¿Cuál fue la decisión del mando?

Evacuamos hacia el poblado de Quifangondo, a unos 10 kilómetros de La Pollera. Se estableció una defensa y el puesto médico se situó a una distancia de 5 kilómetros de profundidad, debido a la experiencia anterior.

Ese día en horas de la tarde, en la zona de Cacuaco, el enemigo fue detenido. Fíjese que los enfrentamientos comenzaron a las 5:00 de la mañana y eran las 5:00 de la tarde y aún estábamos combatiendo.

Nosotros estábamos retrocediendo porque no podíamos contra el enemigo, y el jefe de operaciones, Oviedo, decide volar con dinamita el puente de Quifangondo, y cuando el enemigo ve la explosión y no tiene por donde seguir, comete el error de detenerse y no continuar la ofensiva.

Ellos se concentran en la famosa Pollera, que fue el lugar donde nos hallábamos con anterioridad. Los 25 cubanos que nos encontrábamos en el lugar nos ponemos a pensar qué hacer.

Pero entonces comienza una guerra de cañones por ambas partes. No es hasta el día 6 de noviembre que un angolano muere en estos bombardeos cuando sale del refugio.

¿Qué tiempo duró esta situación?

El enemigo, como te expliqué anteriormente, comete la estupidez de detener la ofensiva y da tiempo a que llegue el refuerzo de las Tropas Especiales cubanas con los BM-21 (lanzacohetes múltiples). Esto sucede el 10 de noviembre, cuando son atacadas las fuerzas del FNLA y de Zaire concentradas en La Pollera, y lo que le pusieron fue un vendaval. Ellos comienzan a huir y ahí se puede afirmar que perdieron la guerra. Fue una desmoralización total. El jefe me prestaba los binoculares y veía a algunos camiones que lograban salir y heridos tratando de agarrarse al vehículo. Por nuestra parte, no tuvimos ninguna baja, pues las tropas de infantería no entraron en combate. Esta fue la famosa batalla de Quifangondo.

Se afirma que este fue un golpe mortal al enemigo, ¿pudo usted comprobarlo?

Cuando al cabo de los días fui al lugar, porque nuestra tropa debía pasar por allí para continuar la ofensiva hasta Zaire y era necesario que yo como médico limpiara la zona, lo que encontré fue un verdadero cementerio. Era horrible el panorama; la cantidad de muertos inflados, flotando sobre el río. Me tocó la misión de darle candela a toda la zona porque si no la tropa no podía pasar por allí.

El FNLA reveló, oficialmente, que la cifra de muertos por parte de ellos ascendía a 345, sin contar a los zairenses.3

¿Cómo atendían a los politraumatizados?

En forma rústica, eso era guerrilla. El sanitario y yo, sin recursos, pues se estaban acabando hasta las vendas, les poníamos tablillas, pedazos de palo…, lo que apareciera. Yo no soy ortopédico, pero tenía las nociones necesarias. Debo aclararle que toda esta situación ocurre en la primera quinta parte del recorrido y aún nos faltaban las otras cuatro quintas partes, hasta el destino final.

Reiniciamos la marcha y el día 20, a las 10:30 horas, un camión Gaz-67 cargado de tropas y con granadas de morteros (por la misma situación del déficit de transporte se hacían estas cosas, es decir, llevar juntos a hombres y explosivos) cae en una mina antitanque y explota el tanque de gasolina. Aquí tuvimos 16 heridos, entre los cuales había quemados graves (uno murió en el acto), politraumatizados, miembros fracturados o cercenados. Por eso le decía que estos papeles y apuntes de aquella guerra ni los toco, porque yo los leo ahora, y el que oye lo asimila como una novela, una película. Pero yo lo viví y el protagonista era yo, que tenía que resolver esas problemáticas, pues no tenía en esos momentos un equipo integrado por cirujano, ortopédico, especialista en quemados.

A los afectados se les veían los huesos fracturados que quedaban expuestos; un pie que le faltaba un pedazo; una pierna que quedaba colgando solo de la piel. A todos los atendí con mucha dificultad, pues era al aire libre, en la tierra y bajo la influencia del fuerte sol de África. Muchos combatientes cooperaron, pues me veían prácticamente solo y me ofrecían su ayuda, que siempre venía bien. Yo no he oído que otro médico en Angola se haya visto en esas circunstancias. Como lasituación era grave, se desocupó otro camión, y tras darles los primeros auxilios, todos los heridos fueron trasladados hacia el hospital más cercano.

Prácticamente, no tenía usted descanso…

Cierto, ese mismo día 20, a las 17:30 horas, me llaman por radio desde la extrema vanguardia de la columna de marcha. Para hacerlo tenía que salirme del camino, porque los camiones estaban en la carretera y transitar por el borde, por donde estaban las minas. Tenía que jugármela. Los carros se apartaron un poco para dejarme pasar, pero en ese camino no se sabía qué podía pasar.

La situación en la vanguardia era que otro camión había explotado al tocar una mina, incidente que dejó muchos heridos graves. Además, los enemigos emboscados disparaban contra los vehículos y me impedían llegar con rapidez. En esta ocasión, trasladé los medios al jeep del jefe de retaguardia y lo convertimosen un transporte sanitario. Como yo estaba tan ocupado en mi trabajo, no tenía la menor idea del peligro existente y no me daba por pensar que me fueran a herir.

El lugar era inhóspito, en la selva, en el trayecto que conduce hacia la ciudad de Carmona. En este accidente atendí soldados con amputaciones traumáticas de mano, de miembros inferiores, fracturas de tibia y peroné, traumas y fracturas de cráneo, traumas oculares, etcétera. Les realicé el tratamiento con profilaxis del shock, con muchas dificultades, sin sueros, colocados en la tierra y, además, rápidamente comenzó a hacerse de noche, por lo que para continuar la atención tuve que auxiliarme de las luces de los camiones.

¿En esta vorágine de trabajo le dio tiempo a atender a la población civil?

En Mama Rosa trabajamos en la construcción de escuelas rústicas para los combatientes, y comenzamos a atender a la población. Allí las principales enfermedades eran paludismo, anemia, desnutrición y parasitismo. A los pacientes les facilitaba las medicinas que tenía, como cloroquina, primaquina, aspirinas y algunos antibióticos. Pero realmente era muy poco lo que podía hacer y prácticamente la atención principal era a los combatientes por la misma intensidad de la guerra.

Estando en Mama Rosa, y cuando ya había pasado la mayor tensión, comienzo a presentar hipertensión arterial. En mayo me remiten a Luanda, donde me hacen un chequeo, pero al cuarto día solicito irme nuevamente para el frente con mis compañeros.

¿Su estancia en Angola la finalizó en el frente?

No. Poco tiempo después de regresar a Mama Rosa, el comandante Samuel Rodiles (hoy general), en ese entonces segundo jefe de retaguardia de la Misión Militar Cubana en Angola, realizó un recorrido por la zona. Habló conmigo y me explicó que el clínico cubano en el hospital de Luanda estaba solo con una gran carga de trabajo, por lo cual sería conveniente que yo fuera a ayudarlo. Ya yo tenía poco trabajo, pues había concluido la guerra y, además, teniendo en cuenta la labor que había realizado durante la ofensiva, deciden enviarme para la capital. Sinceramente no se sabía qué era mejor, pues en el hospital de Luanda tenía que ver a más de cien pacientes en un día, y en el frente yo estaba más tranquilo y junto a mi gente, con los que hice toda la guerra.

¿Qué tiempo permaneció en la capital angolana?

En Luanda estuve hasta el mes de julio, cuando se comienza a renovar la tropa. A los primeros que llegamos a Angola nos dieron como cumplida la misión. En mi caso, con solo diez meses de permanencia en el conflicto, me entregaron la medalla de Combatiente Internacionalista de Primera Clase, el diploma firmado por el Comandante en Jefe y un reloj Seiko que aún lo uso y siempre me acompaña.

¿Por qué vía regresaron?

De Luanda salimos en el mes de julio en los barcos cubanos: Las Villas y el 30 de Noviembre, ambos cargados con tropas y material bélico. Hicimos escala en Punta Negra, en el Congo Brazzaville, y continuamos viaje hacia Cuba en un trayecto que duró aproximadamente veinte días. Entramos por el puerto de La Habana y fuimos hacia la fortaleza de La Cabaña, donde nos hicieron el chequeo médico. Durante esos diez meses bajé más de 20 libras, y a mi regreso los pantalones que usaba con anterioridad no me servían de cintura.

¿Qué hizo después?

Disfruté unas vacaciones y posteriormente me incorporé al Hospital Carlos J. Finlay para concluir la especialidad de medicina interna. Seguidamente, la dirección de Servicios Médicos de las FAR me ofreció la oportunidad de pasar la especialidad de endocrinología y me trasladé hacia al Instituto Nacional de Endocrinología, que radica en el Hospital Piti Fajardo de Ciudad de La Habana, donde permanecí dos años y medio.

Al concluir me ubicaron como jefe de esa especialidad en el Hospital Naval Luis Díaz Soto, hasta que me jubilé en el año 2000 con el grado de teniente coronel. Fui el primer especialista de endocrinología de las FAR, especialista de segundo grado y profesor auxiliar.

 1 El teniente coronel retirado, doctor Abigaíl Dambai Torres falleció por un cáncer de próstata, el 10 de agosto de 2004, a solo siete meses de haberlo entrevistado.

2Funcionario a cargo de Angola en el Comité Central del Partido.

3 Ortiz, José M.: Angola, un abril como Girón, Editora Política, La Habana, 1980, p. 51.

Yo salgo por donde salga el Che

Al recién graduado doctor Diego Lagomasino Comesaña, le tocó la honrosa tarea de localizar a un grupo de médicos que tuvieran disposición para salir a cumplir, lo antes posible, una misión internacionalista en algún país del mundo, la que ya había sido aprobada por la alta dirección del gobierno cubano. Diego hizo la lista y se la entregó al entonces viceministro de Salud Pública, doctor José Miyar Barruecos (Chomi). Mas, a pesar de hallarse comprometido en una relación, debió derrochar grandes esfuerzos para convencer a los dirigentes de salud cubanos para que le permitieran ir, pues una de las condiciones era la de ser soltero.

Salvado ese escollo, este marianense, procedente de una familia muy humilde y nacido en La Habana el 21 de marzo de 1936, formó el último grupo de combatientes y médicos que se unieron, el 24 de septiembre de 1965, al contingente de Ernesto Che Guevara en el Congo Leo, antiguo Zaire.

Lagomasino inició estudios de medicina en 1956, un año muy convulso por la gran oposición a la dictadura de Fulgencio Batista, que cerró el alto centro de estudios tras el desembarco del yate Granma con los hombres dirigidos por Fidel Castro, y después de varios amagos por reabrirla en enero y febrero del 57, sucede el ataque al Palacio Presidencial y se clausura definitivamente. Su falta de recursos lo lleva a buscar algún sustento y se convierte en electricista, enrollador de motores.

Con el triunfo de la Revolución, el primero de enero de 1959, reinicia los estudios en el primer año de la carrera.

Teóricamente, no fue del primer curso que se graduó después de la Revolución porque, como otros, había comenzado los estudios antes, en 1956.

Como dirigente juvenil y militante de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), al graduarse en 1964 forma parte de la comisión, integrada por el ministro, el viceministro y el responsable del Servicio Médico Rural de Salud Pública, para distribuir por la Isla a los recién formados galenos.

A él lo ubicaron en el pueblo de Santo Tomás, en el extremo sur de la Ciénaga de Zapata, lugar por donde se realizó el desembarco mercenario en 1961.1 En el dispensario, como trabajaba él solo, tenía que hacer de médico, enfermero, repartir las medicinas, buscar los abastecimientos. Y como no existían condiciones para realizar partos ni operaciones, los casos tenían que remitirse hacia los poblados de Jagüey Grande y Colón, en Matanzas, por lo que Machado Ventura le había prometido enviarle un transporte para esos fines.

Durante una de sus visitas de coordinación en el Ministerio de Salud Pública, el ministro le planteó que el transporte que le tenía asignado lo debió mandar hacia otra misión, y por tanto debía esperar.

Diego recuerda que antes de 1964, en Cuba se produce la crisis del menudo, es decir, no había moneda fraccionaria para entregar. Los cienagueros laboraban a destajo y ganaban según lo que cortaran en madera para hacer carbón. Debido a esa situación, les pagaban el salario en pesos y el menudo se guardaba en una cuenta individual. En el transcurso de dos o tres años que duró la escasez, reunieron en total cerca de 3 500 pesos. En una asamblea, los trabajadores de la granja acordaron donar el importe para mejorar el dispensario, y cuando Diego se entera, les plantea que como el dispensario estaba en buenas condiciones y hasta tenía un refrigerador (no era eléctrico, sino funcionaba con luz brillante), sería mejor utilizar el dinero en comprar un transporte.

Consiguieron un auto marca Dodge del año 54 por el mismo precio de la donación y pensaban hacerle una adaptación para colocarle una camilla, pero los técnicos le dijeron que ese transporte no servía para la Ciénaga porque allí había mucho polvo y el motor no lo resistiría. El director municipal de Jagüey le dijo que se lo podía cambiar por un microbús VW, y en ese ir y venir a La Habana, haciendo las gestiones para el transporte, un día llega al Ministerio y el doctor José Miyar Barruecos (Chomi) le dice que debía confeccionar una lista de su grupo, militantes de la UJC, solteros, para ir a una misión semejante a la realizada en ocasión de acompañar al Comandante en Jefe cuando estuvo en la Sierra Maestra. Lagomasino le preguntó qué tipo de misión, y él escuetamente le respondió que de guerra de guerrillas. Diego expone que aunque estaba casado, no podía dejar de incluirse, y Chomi le responde que hiciera la lista de todas maneras.

Esta solicitud ocurre a finales de junio del 65, y ya desde abril el doctor Rafael Zerquera (Kumi) se encontraba con el Che en el Congo Leopoldville. Lagomasino, por fin, entregó la lista y empezaron a salir compañeros, sin que él lo conociera, pues la información estaba muy compartimentada.

En un grupo que iba a salir, se encontraban tres médicos: el compañero Adrián Sansaricq Laforette, haitiano (que comenzó sus estudios en México y quiso concluir la carrera en Cuba, y tras graduarse planteó ir para Oriente a hacer el Servicio Médico Rural); Octavio de la Concepción y de la Pedraja (Tabito), que hacía la residencia de cirugía en el Hospital Calixto García, y otro compañero. A Diego le dan la tarea de buscar a ese tercer médico, que estaba desaparecido a pesar de que se había ofrecido como voluntario. Cuando le explica la situación a Chomi, el ministro Machado orienta que se escoja a otro. Esa es la ocasión que aprovecha Diego para plantearle a Machado la posibilidad de ir, y a pesar de que este le responde que deben ser solteros, su insistencia y disposición le permiten integrar, días más tarde, el grupo.

En ese tiempo, el doctor Lagomasino había pasado a prestar servicio en el policlínico de Pedro Betancourt, donde recibió un telegrama que decía: «Preséntese en La Habana, misión Vietnam». Eso fue el 2 o el 3 de agosto. Se presenta en el Ministerio, lo llevan a un lugar donde junto a otros compañeros les dan ropas sin etiquetas y maletas, y les dicen que se mantuvieran listos para salir en cualquier momento.

¿No recibió ningún entrenamiento?

No. Fui para mi casa pues vivía en Marianao. Salimos el 13 de agosto de 1965. Íbamos cinco integrantes de la misión en ese vuelo, Adrián Sansaricq, Octavio de la Pedraja, el enfermero anestesista Domingo Oliva, un guerrillero y yo. Viajamos en un avión TU-114 de turbo hélice, que hizo el vuelo sin escala hasta Murmansk. Ese lugar era una base soviética de aviación y cuando llegabas te encerraban en una casa con cerrojo por fuera. Seguimos viaje a Moscú, donde estuvimos varios días, y de ahí tomamos otro avión que hizo escalas en El Cairo y Kenya antes de llegar el 18 de agosto a Dar-es-Salaam.

¿Quiénes los recibieron?

Dos compañeros de la embajada. Íbamos con nombres falsos, yo me llamaba Pedro Ramírez, digo, Pedro Suárez. Me confundo porque hace muchos años y de esto no se podía hablar después que regresamos, ni entre nosotros mismos. Entregamos el pasaporte, la ropa que nos habían dado en Cuba y nos llevaron a una casa en las afueras de Dar-es-Salaam. Allí estuvimos cuatro o cinco días. En ese ínterin llegaron tres comunicadores (telegrafistas), muchachos muy jóvenes de unos 18 años. Se determinó que el primer grupo que saliera fuera el de los comunicadores, porque era el que más falta le hacía al jefe del grupo que estaba en el Congo Leo.

¿Ya usted sabía que era el Che? ¿Cuándo se enteró?

Generalmente, era el compañero Fidel el que despedía a todos los que partían hacia esa misión, pero como salimos el mismo día de su cumpleaños, el 13 de agosto, él tenía una actividad impostergable y el que lo hace es el comandante Manuel Piñeiro, conocido como Barba Roja. Él nos dijo que casi seguro íbamos para donde estaba el Che, sin decirnos que era para el Congo. Como teníamos el pasaje con el continuo, sabíamos que era para África.

De Tanzania partieron primero los telegrafistas, pues hasta que ellos no llegaran no se podía establecer comunicación ni con la embajada en Dar-es-Salaam. Dos días después, el 11 o 12 de septiembre, lo hicimos nosotros. Fuimos por tierra, y el primer pueblo que aparece tras salir de la capital, que es hasta donde llega la carretera, se llama Moroboro, y ese es el nombre que le pusieron a Octavio de la Concepción.

De ahí todo era terraplén, más de 1 000 kilómetros. Pasamos por parques nacionales y vimos toda la variedad de fauna que uno pudiera imaginarse, un lugar donde habita la mosca tsetsé, que produce la encefalomielitis letárgica, por eso se muere la gente dormida, y llegamos al puerto de Kigoma que está a la orilla del lago Tanganica.

Ese lago es como un mar interior que tiene África. En Dar-es-Salaam nos habían cambiado la ropa de civil por la de verde olivo. A los dos días de estar en Kigoma nos subieron a una lancha y nos trasladaron a Kibamba, el 15 de septiembre.

El doctor Rafael Zerquera nos estaba esperando en la otra orilla del lago Tanganica, en el Congo Leo. Yo lo saludo por su nombre y él me responde: «No, aquí soy Kumi» (su nombre de guerra). En los días que estuvimos en Tanzania aprendimos un poco de swahili, y cómo se decían los números. Después comprendimos por qué el Che les había puesto a los combatientes que iban llegando los nombres de Moja, Tatu, Inne, que era la numeración en ese dialecto.

Zerquera nos informó que sabía lo de la llegada de un grupo, pero no quiénes lo integraban, y nos explicó que ya estaban allí Héctor Vera (clínico), Raúl Candebat (ortopédico) y Gregorio Herrera (gineco-obstetra).

Cuando llegué al Congo estaba recién graduado y el único que tenía cierta experiencia quirúrgica era Octavio, porque había hecho cirugía durante su carrera y en un posgrado.

Kumi nos informa que teníamos que ir a la base, que estaba ubicada en una elevada loma como de 1 800 metros de altura. Salimos a las seis de la mañana y todavía a las siete de la noche estábamos subiendo. Nunca en mi vida había visto una loma tan grande. Yo creía que me iba a morir, empecé a soltar cosas por el camino. Llevaba una mochila con uniforme de repuesto, hamaca, tienda de campaña, veinte cosas más, y al final de la jornada me quedé con un nylon y una colcha, porque lo demás lo boté. Además, tenía que cargar otras cosas como el armamento y los suministros médicos. Incluso, el enfermero que iba con nosotros tenía que cargar los equipos manuales de anestesia.

Cuando llegamos a la punta de la loma, el Che no estaba, pues se encontraba en lo que en aquel momento se consideraba el frente de guerra, que era después del sistema montañoso, hacia el llano. El Che dio la orden de que fuéramos todos para donde él se encontraba. Y hacia allá nos dirigimos los cuatro profesionales de la medicina: Octavio, Adrián, el enfermero y yo. Estuvimos varios días caminando porque no estábamos preparados para esas caminatas. Octavio de la Concepción (Moroboro-Tabito) tenía cierto entrenamiento de cuando estuvo en la Sierra Maestra antes del 59, pero de eso ya habían pasado seis años.

Antes de salir del campamento me entregaron un maletín de color carmelita con medicinas para el asma y balas para el fusil M-1 del Che. Cuando habíamos descendido, viene un B-25 y comienza a disparar, pero no era contra nosotros sino contra el campamento, porque allí tenían antiaéreas. De todas formas, el avión pasaba muy cerca y nos tiramos a tierra, y yo me tapo el abdomen con el maletín. Después de acabarse el ametrallamiento, me doy cuenta de que con el maletín era mucho más visible, y si nos hubieran buscado a nosotros, al primero que eliminarían sería a mí.

Antes de llegar, por poco caemos en manos del enemigo, porque íbamos por un camino, casi en el llano, y nos tropezamos con uno de nuestros guerrilleros y nos dijo que no siguiéramos hacia adelante porque estaban los mercenarios. El Che había enviado a varios compañeros a que nos localizaran porque había cambiado la posición. Corregimos un poco el rumbo y arribamos al lugar donde se encontraba el Che. Esto ocurrió el 24 de septiembre.

¿Cómo se desarrolló el encuentro?

Fue una situación muy emocionante y de impacto para mí al conocer una figura como la del Che. Yo solo lo había visto en fotos y en la televisión. Y los otros compañeros tampoco, pues creo que Tabito estaba en el II Frente Oriental,2 con Raúl Castro, de donde bajó con los grados de primer teniente. Nos saludó, conversamos un rato y señaló que después hablaría con cada uno de nosotros. Le entregué el maletín, y les dijo a los combatientes que estaban allí: «Miren, medicinas para el asma». Él confesaba que su asma muchas veces era síquica, pues cuando tenía medicamentos a su alcance no le daba, y por el contrario, cuando no disponía de ellos, empezaba a ahogarse. El Che era un hombre muy parco en sus expresiones. Como llegamos por la tarde, nos indicó que descansáramos, pues habíamos realizado una larga caminata a la que no estábamos acostumbrados.

Al otro día se entrevistó con cada uno de nosotros. El día anterior, comentamos que habíamos tomado un delicioso café en Moroboro, en una pequeña cafetería perteneciente a unos italianos. El Che también nos buscó apodos a nosotros, pero esta vez con nombres de pueblos y ciudades, y como entrevistó primero a Octavio de la Concepción le comunicó que desde ese momento se llamaría Moroboro. Más tarde en Bolivia le pusieron Moro, derivado de aquel pueblo tanzano. A mí me puso Fizi, por un territorio del Congo Leo; a Sansaricq le puso Kazulo y al enfermero Domingo Oliva, lo llamó Kimbi.

¿Permanecieron ustedes junto con el Che en el frente?

En el momento en que llegamos había una situación un poco compleja en el frente. Ya había ocurrido la batalla de Front de Force, donde murieron varios cubanos. El Che designó prácticamente a Sansaricq como traductor, pues era haitiano y hablaba muy bien el francés. En esa zona, además de los dialectos, muchos habitantes se comunicaban en francés. Nosotros éramos los únicos médicos que estábamos con el Che en el frente, los demás estaban en la base de Luluabourg, en la punta de la loma, o con Zerquera en el lago.

El Che decide dejar en la base al enfermero anestesista y a Tabito, que era el cirujano, pero resulta que este no podía operar solo y necesitaba un ayudante. Yo había hecho algunos pininos en cirugía, no era ducho pero conocía para ayudar. Entonces, me designa como médico ayudante de Tabito, pero que a la par recorriera la zona con un guía, un combatiente cubano y el enfermero, para ver a personas con diarreas, paludismo y muchas otras enfermedades. En ocasiones, solo atendía a los pocos campesinos que quedaban por los alrededores, pues la mayoría se había marchado por miedo a la guerra. Tanto es así, que cuando hicimos el recorrido del campamento de La Loma hasta donde estaba el Che, nos encontramos varias aldeas vacías.

Se decidió también construir un hospital en ese lugar. Se empieza a levantar, y como a los veinte días estábamos en el campamento junto al Che y se oye una explosión a lo lejos, por el lugar donde se encontraba un puesto de observación o emboscada, integrado por cubanos y congoleses. Eso fue como a las once de la mañana. Se envía un grupo de exploración cubano que se tropieza en el camino a unos congoleses que traían cargado a un herido. Ellos plantean que fueron atacados por las tropas mercenarias. El Che manda a preparar las condiciones para la defensa, pero había que operar al herido congolés. Tenía un fragmento de metralla en el abdomen. A la intemperie, el enfermero anestesió al herido, y Moroboro y yo lo operamos. Tenía perforación del asa intestinal pero se salvó. Todas las fotos que existen de este hecho las tiró el Che. Como a las ocho de la noche ya regresan los cubanos con la verdadera historia. Los congoleses habían tropezado con una trampa con granada puesta por sus compañeros y al explotar provocó un muerto, que quedó allá, y varios heridos, tres leves, y dos graves, el de la perforación en el estómago y otro que llegó al otro día por sus medios, porque los demás se fueron huyendo. Esa fue una de las razones del porqué algunoscompañeros pidieron irse de allá, porque veían que los que peleaban eran los cubanos.

Más tarde llega el otro herido, que estaba más grave porque tenía perforaciones múltiples, y murió cuando lo estábamos operando. Se confirma que no fue ataque de ningún tipo, volvemos a la normalidad y el Che me manda, al otro día, a hacer un recorrido por varias aldeas que estaban en el llano. Nosotros estábamos en las laderas de la loma. Salimos el enfermero, un guía y yo a dar vueltas por las aldeas para atender a los que estuvieran enfermos. Dimos varias consultas, atendimos a los enfermos y entregamos alguna medicina pues teníamos muy pocas. En una de las aldeas nos regalan una gallina muerta (limpia), un paquete de maní y huevos. Ya habíamos comido y guardamos esos alimentos para los compañeros del campamento, donde se pasaba bastante hambre.

De donde estábamos, comenzamos a oír un combate que se extiende por un tiempo. Viene un emisario del Che y nos dice que no fuéramos por el llano sino que cogiéramos por el firme de las lomas, y si no nos topábamos con ellos, que siguiéramos para la base de Luluabourg, porque había sido atacado el campamento. El emisario se adelanta y hace contacto con el Che, regresa y nos conduce hacia una de las aldeas abandonadas por los antiguos habitantes, donde se habían guarecido nuestros combatientes. Ya era de noche. Nos explican que fueron atacados. Les preguntamos si habían comido algo y al darnos la respuesta negativa les ofrecemos lo que traíamos. Enseguida, se preparó una caldosa con algunas viandas y los huevos. Durante el ataque, habían herido a un cubano que tenía una perforación penetrante en el brazo izquierdo. Después supimos cómo resultó herido. Cuando ocurre el ataque se le había quedado parte de una bazuca antitanque, regresó a buscarla y ahí lo hirieron los mercenarios que venían avanzando. El grupo volvió a desandar todo el camino, subiendo y bajando lomas, y en uno de los lugares que hicimos parada, ya de noche, este compañero, que se llamaba Orlando Puente Mayeta (Bahasa), muere. Falleció el 26 de octubre del 65, al lado de nosotros, que no pudimos hacer absolutamente nada. Seguimos retrocediendo ante la ofensiva enemiga.

Tres semanas antes había estado en el frente de guerra en Congo Leo, José Ramón Machado Ventura, que era un emisario enviado por La Habana, y se entrevistó con el Che y otros compañeros para analizar en el terreno lo que estaba sucediendo.

¿Cómo era el estado de ánimo?

Cuando nuestro grupo llegó a Kibamba el 15 de septiembre, notamos que los que se encontraban allí ya estaban, no con espíritu derrotista sino con la idea de que no teníamos nada que hacer, porque prácticamente los únicos que combatían eran los cubanos. Los congoleses tenían mucha indisciplina, sus guerrilleros tenían salarios, pases para que fueran a sus casas a ver a la familia, y muchos iban a Kigoma a tomar bebidas alcohólicas.

El Che daba clases de marxismo a los combatientes, y los congoleses recibían entrenamiento en armas. Existía mucha desorganización y los suministros de armamentos entraban por Kigoma y las ametralladoras de trípode venían sin ese aditamento, llegaban las minas y el detonador no se sabía dónde estaba. Como el Movimiento de Liberación era el que manejaba ese suministro, no lo tenían organizado. En una ocasión enviaron un radio y no trajeron las baterías. La logística de ellos no funcionaba.

Yo venía imbuido de la cosa romántica y comienzo a chocar con todas esas realidades que existían y que pasaron. Sonaba un tiro y los únicos que se ponían a buscar de dónde había salido eran los cubanos.

Estando en el frente, el Che plantea que le hacían falta 20 hombres que lo acompañaran hacia otra zona del Congo Leopoldville para continuar la lucha si en la región que nos encontrábamos esta se desmoronaba. Eran más de 2 000 kilómetros a recorrer donde se suponía que se encontraban los elementos más revolucionarios del Movimiento de Liberación. Todos comentamos que eso era un suicidio, porque si allí no habíamos recibido apoyo de esa gente, qué apoyo íbamos a recibir más adelante donde no nos conocían.

Tabito me lo plantea y me pregunta cuál era mi opinión, y le respondo que yo me voy con el Che y por donde él salga, salgo yo. Me dice que tengo veinticuatro horas para analizarlo y pensarlo bien, y le reafirmo que la respuesta que le daría a la mañana siguiente sería la misma.

Durante su estancia, Machado Ventura se entrevistó con casi todos nosotros, y cuando habló conmigo le dije que una de las frustraciones más grandes de mi vida era no haber sido combatiente del Ejército Rebelde, y que en ese momento yo era un combatiente del ejército cubano y que por donde saliera el Che por ahí mismo saldría yo. Le expliqué que la situación estaba muy mala, nos iban a matar a todos, pues no podíamos hacerles la guerra a ellos, que tenía que haber una solución, pero que mientras el Che no se fuera, yo tampoco lo haría.

Regresamos a la base y como a los cuatro días el Che mandó a buscar a toda la gente dispersa para iniciar la retirada hacia Kigoma. Dos o tres cubanos se perdieron y se envió a otro grupo a buscarlos.

¿Cuántos tomaron las lanchas?

Ya habían muerto cuatro en el primer combate, uno después, tres que estaban perdidos (uno de ellos nunca regresó), cuatro que se quedaron buscándolos, que hacen un total de 12. Así que subimos a las dos lanchas, grandísimas, alrededor de 111 hombres.

Dejamos minado todo el camino por precaución y subimos a las lanchas con nuestro armamento. Durante el trayecto de la lancha el Che se afeitó.

Cuando llegamos a Kigoma, nos esperaban los compañeros de la embajada de Tanzania, y desde ese momento nunca más volví a ver al Che. A los integrantes del contingente nos ubican en una especie de campamento. El Che con Fernández Mell y Emilio Aragonés se separaron.

Ese mismo día nos devolvieron la maleta que habíamos llevado de La Habana con todas las pertenencias y cada una identificada con el nombre correspondiente.

Pensé traer el uniforme verde olivo como recuerdo, pero después que me bañé y afeité, cuando lo olí, no se podía resistir, y además estaba lleno de birulos, que eran los piojos. No me daba cuenta que tenía piojos, porque ya estaba tan acostumbrado a la picazón que creía era por el churre. Entonces, se dio la orden de quemar toda esa ropa.

A las cuarenta y ocho horas de permanecer en ese lugar, vinieron unos ómnibus y nos llevaron para Dar-es-Salaam. A los pocos días, dos aviones soviéticos fueron a buscarnos. Hicimos escala técnica en Egipto, y en la Unión Soviética aterrizamos en Sinferopol (Crimea), pues en Moscú había una tormenta. Al siguiente día, volamos a Moscú, en donde tomamos un TU-114 que nos regresó a Cuba. En el aeropuerto nos esperaba Manuel Piñeiro. Nos ubicaron en unas casas, llenamos unas planillas y nos informaron que no podíamos hablar de esta misión hasta que el Comandante en Jefe no lo orientara. De esto se comenzó a hablar tras la reunión de Raúl Castro con los antiguos combatientes efectuada en 1985.

¿Qué ha hecho después de la experiencia del Congo?

Tras llegar del Congo, pasé como médico a las

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